La Seducción del Románico, por Teresa Bernués

 

 

Licenciada en Humanidades por la Universidad de Zaragoza, Máster en Museos: Educación y Comunicación, Máster Universitario en Estudios Avanzados en Humanidades, y Máster Universitario en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas.

 

Como Educadora de Museos, ha trabajado en diferentes museos y monumentos de la provincia de Huesca abarcando muy diferentes estilos, que engloban desde el arte románico del Castillo de Loarre, hasta el Centro de Arte Contemporáneo CDAN - Fundación Beulas (Huesca), por citar algunos, experiencias que le han proporcionado grandes oportunidades profesionales, como la organización de exposiciones, visitas teatralizadas, diversos talleres y actividades…

 

Desde siempre, ha estado interesada por el Patrimonio y en la manera de acercarlo al público, motivo por el cual ha completado su formación con diversos cursos y jornadas. Podría decirse que su máxima en esta área de trabajo, se resume en la siguiente frase:

“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.

 

Actualmente, se dedica a compartir su gran pasión por el patrimonio y su próximo reto para este año es completar su faceta investigadora iniciando su Doctorado.

 

 

 

 

Introducción a los artículos que, mes a mes, formarán “La Seducción del Románico”.

 

Cuando hablando con Cristina surgió la posibilidad de colaborar en su página, la idea me emocionó; que una página tan cuidada y profesional como la suya te invite y cuente contigo, es todo un lujo.

 

Mes a mes, os invito a que viajéis conmigo por las tierras del Alto Aragón y juntos descubramos ese románico que, en ocasiones, pasa más desapercibido en nuestras visitas. ¿Te dejas seducir por el románico? Bienvenido a la provincia de Huesca…

De castillos y seres misteriosos, bienvenidos al Castillo de Loarre (I)

 

Se abre el portón y las piedras centenarias arañadas por el tiempo nos invitan a entrar. La gran escalera de doble altura nos da la bienvenida y el castillo se prepara para desvelar (casi) todos sus secretos. Bienvenidos al Castillo de Loarre.

 

El Castillo de Loarre es una de las muchas maravillas que nos esperan para ser descubiertas en la provincia de Huesca (Aragón), sino la más importante. Se trata de una fortaleza románica del siglo XI, y digo solo del siglo XI ya que todo el castillo se levantó y se terminó en este siglo, por lo que nos encontramos ante uno de los ejemplos más bellos de románico puro, en el que a pesar del tiempo y los avatares de la vida, su estilo y su esencia no se han visto alteradas ni por otras modas ni por corrientes artísticas posteriores. 

 

Si paseas por sus salas y corredores, descubrirás bellos ejemplos de elementos arquitectónicos propios de este estilo, como la bóveda de cañón que cubre la gran escalinata, o, cómo no citarla, la impresionante cúpula que vigila y protege el santuario principal: la Iglesia de San Pedro, por citar solo algunos. Ejemplos todos ellos elaborados con gran maestría.

Torre albarrana y vistas desde el Castillo de Loarre, Huesca

 

Es difícil elegir solamente una parte o detalle del castillo en la que detenerse para intentar averiguar sus secretos; ¿por cuál decantarnos? ¿Su iglesia principal, sus torres, su iglesia primitiva, el detalle de sus ventanas…? Sin embargo, de todas las sorpresas que esperan ser descubiertas por el visitante, te invito a que te detengas especialmente en una…

 

Vuelve de nuevo a la escalera principal y, protegida por un crismón perfectamente tallado, en uno de sus laterales descubrirás el acceso a la parte más especial de todo el castillo, por las muchas funciones que cumplían estos lugares: su cripta de Santa Quiteria.

 

Entra en ella y descubre cómo, a tu derecha, te da la bienvenida su guardián, la silueta de un perro perfectamente tallada que hace las veces al mismo tiempo de vigía del espacio y de indicador de su protectora, pues al igual que San Roque siempre va acompañado por un perro, Santa Quiteria también tiene su acompañante en el mejor amigo del hombre, pero eso, es otra historia…

 

Tras pedirle permiso para entrar, permítete unos minutos para que tus ojos se adapten a la oscuridad reinante allí dentro pues, aunque a simple vista no lo parezca, son muchas las figuras que ahora mismo te están observando. En el centro de la sala, se dispone un altar de piedra, punto más sagrado de todo el conjunto y también punto estratégico para conocer la curiosa acústica que tiene el lugar. Deja atrás el altar y descubre que, repartidos por la cabecera de su ábside, se encuentran distribuidos a lo largo de sus varios capiteles auténticas obras de arte: filigranas de motivos vegetales, animales en piedra… una muestra excepcional del saber hacer de los maestros y canteros medievales.

 

En uno de estos capiteles encontrarás una figura de simbología especialmente curiosa, y que a través del artículo de hoy te invito a descubrir.

 

En el capitel podrás diferenciar dos aves enfrentadas en perfecta simetría, como si la una fuera el reflejo en un espejo de la otra, y que entre ambas sujetan una pequeña bola con sus garras. Cada una de las aves está formada por una cabeza similar a una rapaz o gallo con afilado pico, grandes alas que en nuestro caso se encargan a su vez de ocupar el espacio libre del capitel, y un curioso cuerpo formado tanto por plumas de ave en su parte superior, junto a unas temibles garras, como por cola de reptil en su parte inferior. Esta curiosa criatura de extraña mezcla es un basilisco, y quizá podemos decir que era de las más temidas del bestiario románico en la época, ya que le atribuían el poder de matar simplemente con su mirada, o con su aliento; podemos hacernos una idea del miedo que despertaba entre la gente gracias a las palabras de Plinio en su Historia Natural: “Mata y seca los árboles jóvenes, quema los pastos y resquebraja las piedras sólo con su aliento. Si un caballero la atraviesa con su lanza, muere éste junto con su montura, pues el veneno del reptil sube por el palo de la lanza hasta su brazo y hace presa en él…”, ¡casi nada!

 

No es de extrañar por tanto que se le temiera ya desde el Antiguo Egipto y fuera incluso conocido con el título de “rey de las serpientes”. Miedos y temores que incluso traspasaron el umbral de lo artístico, y crearon supersticiones entre la población, como ser el causante de las desgracias de aquellas gentes, ya que era capaz de causar mal de ojo en quien quería. Ya se sabe la connotación negativa que tienen las serpientes en la iconografía cristiana, llegando incluso en ocasiones a representar al mismo diablo con este animal. Y de hecho, estaba tan relacionado el basilisco con Lucifer, que se creía que era el encargado de conducir hasta él a las almas de los pecadores que merecían el castigo eterno por sus malos actos. Es, por tanto, lo que se conoce como “animal psicopompo” o “conductor de almas”.

 

Así pues, la esfera que sujetan ambos basiliscos sería interpretada como el alma de ese pobre desdichado que, a juzgar por sus dos acompañantes a la “otra vida”, no le espera un final muy feliz.

 

El basilisco sería por tanto un animal relacionado con el mal en su máxima expresión. Representa lo maligno y la muerte, pero también la furia y lo irascible, ¿será de ahí de donde venga nuestra expresión “ponerse hecho un basilisco”? Ten cuidado si te encuentras con uno de ellos, pues pueden matar con su mirada… Aunque como todo en la Naturaleza, el basilisco también tiene su talón de Aquiles: la gente de la Edad Media sabía que si querías matar a un basilisco debías enfrentarle con una comadreja, pues son los únicos animales capaces de acabar con ellos…  Abriremos pues bien los ojos por si nos encontramos con alguna en nuestro próximo recorrido por el románico aragonés… 

 

Por hoy, nuestro viaje ha terminado, no olvides despedirte de nuevo del guardián de la cripta y cerrar el portón del castillo al salir, para que pueda seguir conservando sus secretos para ti en tu próxima visita. Cada vez que vuelvas a él, acude con los ojos de un niño y permítele que te sorprenda, y, siempre, siempre, déjate seducir por el románico…

Cuando el tiempo se detiene, bienvenidos al monasterio de Rueda (I)

 

Adentrarse en el Monasterio de Nuestra Señora de Rueda es un viaje iniciático, ya desde antes de llegar a él. Por la carretera, atrás se dejan pueblos y villas hasta conectar con el último tramo que nos conduce directamente al Monasterio. Comienza el día y poco a poco, entre las curvas y las lomas del paisaje, asoma casi por arte de magia una tímida torre mudéjar como vigía del lugar: debe atisbar a los visitantes que se acercan al monasterio, antes de que estos se adentren en él. Unos pocos metros y, de repente, el monasterio se nos muestra majestuoso ante nosotros

 

Una primera portada barroca nos da la bienvenida bajo la atenta mirada de San Bernardo de Claraval, como es habitual en la Orden del Císter. Salúdale y adéntrate en el zaguán, observa el barroco palacio abacial y cruza su Plaza de San Pedro. Ahora, abre bien los ojos, pues tras el desnudo y sencillo muro de piedra que se alza ante ti, se encuentra un auténtico tesoro oculto entre el paisaje de Aragón. Un tesoro que lleva, ni más ni menos, desde el siglo XIII desafiando al paso del tiempo. Un tesoro, que hoy, se descubre ante ti.

La historia del Monasterio de Nuestra Señora de Rueda nace a finales del siglo XII, cuando en el año 1182 el rey de Aragón Alfonso II el Casto dona la villa y el término de Escatrón a una pequeña comunidad de monjes de la abadía de Gimont (Francia). Tras un par de intentos de establecerse por tierras zaragozanas, los monjes finalmente se afianzan en este paraje al lado del río Ebro, quien además de refrescarles las calurosas tardes de verano, les suministraría el agua necesaria para desarrollar aquí la vida monástica de retiro y aislamiento tal y como reza la Orden. Vida monástica que se inicia en el año 1202 y que perdurará hasta 1836, poniéndole fin la Desamortización de Mendizábal.

 

Durante estos siglos, los monjes rezarán y trabajarán en las casi 4 hectáreas con las que cuenta el monasterio, pues ora et labora, dice la Regla de San Benito por la que regirán su día a día. Vida de tiempos pasados que aún muestra sus últimos ecos entre los muros del monasterio, pues en Rueda, sus estancias se conservan casi intactas y, si prestas atención, todavía podrás descubrir la esencia de la vida de los monjes del Císter que en ellas habitaron.

 

El claustro te da la bienvenida: espacio de oración, de reflexión, de enterramiento… te encuentras en uno de los puntos más llenos de significado para sus monjes. Pasea por sus alas y fíjate en su disposición: el pasillo de los conversos, el ala del capítulo… no olvides detenerte en la decoración de sus capiteles, pues aunque no nos cuenten historias al no haber motivos figurados, sí nos hablan de la enorme destreza de canteros que le dieron vida a la piedra arenisca: motivos vegetales y motivos geométricos se entrecruzan en un baile infinito perdido en un bosque de columnas. Atento a las claves de sus bóvedas, ¿podrás encontrar aquella que nos desea “buen provecho”, junto al refectorio?

 

Explora una dependencia tras otra: cocina, donde la comida ya preparada aguarda en el pasaplatos la llegada de los monjes; refectorio-comedor, con su bello púlpito de escalera imbuida en el muro mediante arcadas, donde el hermano lector espera impaciente el comienzo de la lectura; calefactorium, con su enorme chimenea de doble tiro dispuesta a calentar los espacios; locutorio, lugar de conversación donde quizás algún secreto se desvelaría junto al calabozo; dormitorio comunal, donde decenas de marcas de cantero vigilan el sueño de los monjes… y sobre todo, el scriptorium y la Sala Capitular. Si en el scriptorium nacieron las más bellas obras creadas en el monasterio, de manos de sus monjes copistas, en la Sala Capitular tuvieron lugar sus reuniones más importantes. ¿Puedes imaginarlos, sentados en la enorme bancada de piedra que aún hoy rodea la sala, bajo la atenta mirada de su abad, situado en el centro? Sitúate tras sus grandes ventanales decorados con motivos vegetales y puntas de diamante, e imagina cómo los novicios, desde el claustro al no ser todavía monjes, asistirían curiosos a estas ceremonias. Sube la escalera de día que conecta el claustro con el dormitorio comunal, como es habitual en el Císter, y asómate al sobreclaustro, pequeño mirador que te ofrece una imagen única del claustro con su jardín interior, representación ideal del Paraíso en la Tierra, con su lavatorio, su pozo y su aljibe. Desde el dormitorio podrás acceder también a la torre mudéjar, erigida en el siglo XIV bajo el estilo artístico de aquella época predominante en la cercana zona turolense, hoy mirador único de la zona. Pero recuerda, el Oficio Divino en la vida de los monjes consta de 8 rezos diarios, y el hermano sacristán llama ya a la oración, así que no te demores más y, por la escalera de maitines, accede desde el dormitorio hasta la iglesia (¿has descubierto la hexafolia que se encuentra oculta entre sus escalones?)

 

Ya en la iglesia, la belleza cisterciense te envuelve. Muros de piedra sillar erigidos siguiendo los modelos franceses de la Orden a principios del siglo XIII se combinan con las huellas constructivas de los maestros mudéjares del siglo XIV. Aquí, curiosas formas cistercienses en sus ventanas: círculo, triángulo, cuadrado. Allá, fascinantes tracerías mudéjares que recuerdan al mundo árabe. Y todo, bajo la atenta mirada de su bella cabecera plana siguiendo el modelo de planta bernardina, y sus tres grandes ventanales según el modelo del triplet francés: para el Císter, la luz es Dios, y como tal, debe inundar el espacio. Capilla funeraria del caballero aragonés D. Juan Gil Tarín a la izquierda, antigua sacristía a la derecha, claves de bóveda salpicadas de escudos heráldicos en su centro; muchos detalles que explorar en Rueda en su bella desnudez.

 

La jornada termina, y el sol se esconde detrás de la gran noria junto al Ebro. Recuerda: Rueda es piedra, pero también agua. El agua juega un papel fundamental en la orden cisterciense para su vida, tal y como nos ha contado el sistema de canalizaciones que recorre, bajo sus suelos, las dependencias de la planta baja. Cruza por el pasillo de los conversos para abandonar el claustro. Detente en la cilla, antiguo almacén y zona de producción, tal y como harían los trabajadores de las huertas cercanas tras finalizar su jornada laboral bajo las indicaciones del hermano cillerero. Cruza la antigua zona de huerta y, antes de desviarte a la noria, echa un último vistazo al jardín, donde el hermano enfermero recoge algunas plantas medicinales aprovechando los últimos rayos de sol. Sigue el recorrido marcado por el acueducto gótico del siglo XIII, que guía el recorrido del agua y termina en el gran norial que es la fuerza motriz de este tesoro. Cierra los ojos y escucha el murmurar del río, quizás, te cuente más secretos de Rueda…